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Conocí a Carlos Martínez Rivas en Managua. Era junio de 1986. Carlos Mejía Godoy había invitado a cenar al poeta, diciéndole que una amiga peruana lo quería conocer. En la puerta de su casa de Altamira D’Este, un bando advertía contra la osadía de tocar interrumpiendo el horario de las telenovelas. El sello del Gral. Sandino, con la divisa: Patria y Libertad, le conferían mayor solemnidad al edicto. Cuando llegamos por él, ya estaba tomado. Ofrecimos llevarlo a un buen restaurante; él dijo que sólo iría a Tacolandia. Carlos le explicó que no conocía ese lugar, pero el poeta insistió y nos guió por unos antros de mala muerte. Nunca dimos con Tacolandia (la palabra llega a mi memoria con su acento, con su aliento). Terminamos sahumándonos junto al fogón de una desolada frintanga. No quiso comer, sólo bebió Ron Plata. Hablaba necedades; majaderías de borracho... De pronto, confesó:
-Yo amé a una peruana. Le escribí dos poemas: uno en 1950, otro en 1976. Su nombre es Blanca Varela.
Me emocioné, indagué más, me ofrecí de mensajera. Él contó que le había entregado los textos a Vargas Llosa, a su paso por Managua. Después no quiso hablar más de ese asunto ni de ningún otro. Se disculpó:
-Lo siento por usted, que vino a conocer al poeta y sólo ha hallado a un borracho...
Diez años después volví a cruzarme con Carlos Martínez Rivas en una reunión mundana. Por supuesto él no se acordaba de mí, pero le habían dicho que yo era peruana e insistió en que fuésemos presentados. Estábamos de pie, una pequeña muchedumbre nos rodeaba. El poeta estrechó mi mano y dijo:
-Yo amé a una peruana. Le escribí dos poemas...
Entonces supe que el urdidor de mentiras sin mácula había dicho la verdad.
* * *
Carlos y Blanquita se conocieron en París. Habían llegado tras las huellas de Darío y de Vallejo, en un rito de iniciación que los ungiera poetas. Carlos venía de Nicaragua, era dos años mayor que Blanca y, como ella, precoz. A los 16 años había ganado un concurso de poesía y no faltaron las voces que anunciaran jubilosas al nuevo Rubén Darío. A los 18, y estando aún en el Colegio Centroamérica de Granada, escribió El Paraíso Recobrado
Blanca Varela, recién casada con Szyszlo, desembarcó en París en 1949. La ciudad la deslumbró: la realidad calzaba perfectamente con el sueño acariciado, en una suerte de espejismo de dominó. Podías ver a los autores a los que habías leído, sentados en los cafés, podías ver los museos y la ciudad que es preciosa. París fue descubrir el surrealismo (esa forma de imaginar diferente), fue pellizcarse el brazo para saberse despierta y disfrutar de la majestad leonina de los gestos de André Breton en un café de la Place Blanche. Fue imbuirse de existencialismo: compartir con Sartre y Simone de Beauvoir que marcaron mi forma de ser, mi forma de vivir, mi conducta.
En el Hotel des Etats Unis los latinoamericanos se bebían la vida con ron o vino blanco, escuchaban jazz, discutían acaloradamente, leían poesía, bailaban pegado; las muchachas se delineaban alas de gorrión en los párpados y se vestían de negro a lo Juliette Gréco… Eran jóvenes, hermosos y valientes, en busca de una voz que hablara por los nuevos tiempos. En esos días llegó Carlos Martínez Rivas con una guitarra y muchos poemas en los bolsillos.
Blanca lo sitúa entre sus más grandes influencias: aquellos que le enseñaron el oficio de labrar la palabra, la entrega total de quien decide hacer de ella su destino.
A través de Paz y del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas comprendí y aprendí que la poesía es un trabajo de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape.
Martínez Rivas publica en 1953 La Insurrección Solitaria; en 1959 se edita Ese puerto existe, de Varela. Ambas ediciones prologadas por Octavio Paz, quien usará palabras parecidas para referirse a la obra de los dos poetas.
Blanca Varela siguió limando su palabra parca y profunda, como las desnudeces de adentro. A ese primer poemario, le seguirían: Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001).
Carlos Martínez Rivas no volvió a publicar jamás. Cuenta la leyenda que a su muerte, ocurrida en 1998, se encontraron más de dos mil poemas inéditos junto con sus Diarios. Entre sus páginas más íntimas y entre las más públicas, pervive el testimonio de una amistad a prueba del tiempo:
Recibí carta de Blanca Varela, estoy contento, me he quedado despierto…
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